Obama's Channel Artículo 4

Crítica de la modernidad y escenarios de la convivencia

Obama's Channel Divisor Negro
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“Corre el año 2035 y estamos en Chicago. Las profecías apocalípticas sobre el poder de la tecnología se han cumplido y los robots han sido programados para realizar actividades humanas con la inteligencia y habilidad con que las desarrollamos nosotros, o incluso superior. La mayoría de los robots son de confianza y los humanos viven en completa armonía con ellos, dejando a su cargo el cuidado de sus casas y también el de sus hijos. Sin embargo, uno de estos robots se ve envuelto un día en el asesinato de un conocido científico.

El detective Del Spooner (Will Smith) será el encargado de capturar al autómata y para ello contará con la ayuda de la doctora Susan, psicóloga de robots, y Sonny, un androide programado para poder exteriorizar sus sentimientos. En su búsqueda destaparán un complot que tenía como objetivo acabar con la raza humana.

El film está dirigido por Alex Proyas y protagonizado por Will Smith. Completan el reparto los actores Bridget Moynahan, Alan Tudyk, James Cromwell, Bruce Greenwood y Adrian Ricard, entre otros” (SensaCine, 2004).

De esta forma comienza la sinopsis de la película futurista, basada en la novela de Asimov, en la que los robots domésticos cobran total protagonismo. Humanos y máquinas conviven en un mundo en donde las Tres Leyes de la Robótica son vitales, ya que, si alguna de ellas no se respeta, el equilibrio mundial podría romperse. Los robots están programados para salvar vidas humanas y no atentar contra ellas, pero, ¿y si fallasen alguna vez? ¿Cómo vigilar que todo marche como se espera?

Y, precisamente, uno de los que se cuestiona este hecho es el protagonista de la película. Will Smith nunca ha creído en lo positivo de la robótica, y se niega a aceptar el éxito de Internet y el fin de todo lo que se considera “pasado”, como el cierre de las bibliotecas o la irrupción de las nuevas modas en el vestir. El personaje al que encarna el actor norteamericano se niega a aceptar esta nueva modernidad, una modernidad que, posiblemente, esté en crisis.

Antes de nada, convendría ofrecer una definición de Modernidad, que comprende “el período histórico nacido en Occidente, en los albores del Renacimiento, que se desarrolla paulatinamente a través de las corrientes de pensamiento empirista, racionalista e iluminista, y que desemboca en el nacimiento de las ideologías decimonónicas que se convierten en proyectos sociales tiránicos en la primera mitad del siglo XX” (Agejas Esteban, 2004)

Pero, ¿es realmente la Modernidad la que está en crisis? ¿No será que la Modernidad misma es ya una crisis? Esta es la pregunta que se plantea José Ángel Agejas Esteban (Doctor en Filosofía. Profesor Adjunto de Humanidades de la Universidad Francisco de Vitoria). Y, en esta línea, podría decirse que apuntaba ya el sociólogo Zygmunt Bauman (quien tanta guerra nos ha dado este semestre). Según el pensador polaco, esta nueva modernidad debe ser conocida como “modernidad líquida”, un modelo social que supone “el fin de la era del compromiso mutuo” y “la corrosión y la lenta desintegración del concepto de ciudadanía”.

Este nuevo concepto de modernidad apunta a una ciudadanía que no siente ningún afecto; ni a las instituciones, ni a los otros, ni a los valores tradicionales, ni al sistema…Es decir, ni la comunidad, ni la religión, ni la familia, ni las autoridades, ni la nación (otrora sólidos), siguen siendo los pilares fundamentales de la sociedad.

Hace un tiempo tuvimos un acto de celebración organizado por la UPNA, un homenaje a Bauman en el que alumnos de segundo de Sociología y del Aula de la Experiencia planteamos una dramatización, una semblanza y una mesa de debate en torno a la figura, obras y tesis del sociólogo polaco. Huelga decir que el acto salió a la perfección, pero esta no es la cuestión. Lo interesante fue la discusión que se planteó durante el coloquio, valga la redundancia. En el debate, jóvenes y mayores intercambiaron puntos de vista sobre cómo había evolucionado la sociedad, sobre si era mejor o peor que la época de las generaciones anteriores, y sobre si, de verdad, los jóvenes estaban cómodos viviendo en su mundo. Los mayores achacaban a los jóvenes la pérdida de valores, la falta de asunción de responsabilidades y compromisos y la “decadencia” y “ruptura” de los vínculos afectivos. Nos preguntaban cómo podía ser que viésemos como algo “normal” el desapego al prójimo, las relaciones esporádicas basadas (o no) en el sexo, o la extrema vigilancia de las instituciones. Por su parte, los jóvenes tiraban de teoría al defender una sociedad sin ataduras, sin el sometimiento a unos valores rígidos, en donde uno nacía y moría en el mismo puesto de trabajo, con la misma persona, con los mismos deseos. Los jóvenes no querían ser como sus abuelos, a los que consideraban “de otra época” y con un pensamiento “cerrado”.

Hablaba antes de la extrema vigilancia, pero no por ello estaba defendiendo la existencia de una mayor seguridad. De hecho, ya pensadores como José Luis Pardo (ensayista y catedrático de Filosofía en la Complutense), Ángel Gabilondo (catedrático de Metafísica antes de ser elegido diputado socialista en Madrid) o el propio Bauman señalan que no se trata de un sentimiento de desprotección, sino que realmente estamos desprotegidos. “Vivimos en tiempos de una gran indefensión y vulnerabilidad. Y de un sentimiento compartido de incertidumbre, que no es una mera sensación. Hay urgencia y necesidad”, recoge así el diario El País las palabras de estos pensadores (De Querol, 2015).

Vivimos en un mundo en donde se nos presenta una oda al ‘yo’. Un mundo en donde impera el egoísmo, y se ha perdido “el gran proyecto ético de la convivencia” por culpa de la globalización; un mundo sin valores. O, al menos, unos valores en crisis. Sin embargo, no todos opinan igual, ya que la socióloga Consuelo Perera, que ha trabajado en el estudio internacional Values and Worldviews de la Fundación BBVA afirma que “No hay desinterés hacia lo público, pese al bajo nivel de asociacionismo en España”. Además, “crece la participación en manifestaciones o las recogidas de firmas. Los activismos que se apoyan en las redes sociales desmienten la apatía hacia lo público. Sí abunda una actitud crítica hacia los políticos o el sector financiero, también hacia la economía de mercado, que tiene en España el menor apoyo entre 10 países analizados. La religión pierde peso y la familia lo gana, con una visión más abierta de su modelo, como sostén ante la crisis”. Termina sentenciando que “no detectamos una crisis de valores” (De Querol, 2015).

Aunque, por otro lado, este activismo internauta causa recelo en los estudiosos, como el propio Bauman, que ya advierte de que por esta vía estamos mucho más controlados que nunca; un control, encima, que es voluntario y aceptado.

Así pues, la modernidad atraviesa por una crisis que muestra (trata, al menos) los cambios que se dan en la sociedad.

Cambio, progreso, globalización, ética del trabajo, mercado, flexibilidad laboral, separación entre poder y política, seguridad, fortalezas, miedos, deseos, amenazas, separación, producción, consumismo, capitalismo, pobreza, felicidad, valores, compromiso, amor…son tantas las palabras que se repiten a lo largo de los textos sociológicos que cuesta decantarse por una sola. Pero hay tres que (en opinión de quien escribe estas líneas) entroncan, estructuran, y articulan todo el discurso: miedo, cambio y felicidad.

“El miedo es la palabra clave en los últimos años. Existe una inseguridad hacia el miedo existencial, es una idea que está en todas partes. Nos priva de un puerto seguro. El mundo globalizado es multicéntrico, millones de acontecimientos y decisiones espontaneas puede cambiar nuestras vidas a una gran velocidad”.

“Practicar el arte de la vida, hacer de la propia vida una “obra de arte” equivale en nuestro mundo moderno líquido a permanecer en un estado de transformación permanente, a redefinirse perpetuamente transformándose (o al menos intentándolo) en alguien distinto del que se ha ido hasta ahora”.

“Uno de los efectos fundamentales de equiparar la felicidad con la compra de artículos que se espera que generen felicidad consiste en eliminar la posibilidad de que este tipo de búsqueda de la felicidad llegue algún día a su fin”.

Son tres frases de Bauman que ilustran a la perfección los tres conceptos arriba mencionados.

Tenemos miedo al cambio, al progreso, al futuro, al destino, incluso a la felicidad. Tenemos miedo, dirá Sennett, a perder el control de nuestras vidas por culpa del trabajo, a perder la disciplina ética (con lo que eso significa), a no ser profesionalmente ejemplares, a decir “no” a nuestros hijos y a no imponerles una ley. Tenemos miedo a que la manera que tenemos de vivir para sobrevivir en la moderna economía haya lanzado a la deriva nuestra vida interior y emocional. Le tenemos miedo al vecino, al que viene de fuera, al que pasa por la calle, al que es diferente. Le tenemos miedo a todo. Sí, es cierto, puede resultar un tanto apocalíptico, incluso exagerado, pero, una vez leídos los textos, creo estar en condiciones de posicionarme en la línea de aquellos que defienden que la sociedad de hoy en día es una sociedad temerosa. Y, muestra de ello, es el tema de la globalización.

Partiendo del hecho de que soy un firme defensor de la globalización (debo serlo, pues, de otra forma, no estaría en un país extranjero), hay que señalar que una de las grandes fortalezas de la globalización (recogida por Bauman en su texto) es la capacidad para ampliar libertades. Esto puede parecer que va en contraposición a lo que el propio autor defenderá, al afirmar que, para estar más seguros, los ciudadanos corren el riesgo de ser menos libres. Cosa que no ocurría antes, pues, en el pasado, la sociedad abierta era libre y orgullosa de su apertura, mientras que hoy nos encontramos con una población vulnerable, obsesionada con las fronteras y la seguridad. Pero, en un mundo global, frente a uno local, las fronteras no pueden darse, las fronteras están destinadas a desmantelarse en favor de la apertura de una sociedad que se sabe incompleta e impotente para decidir su futuro ante un destino no evitable, una globalización negativa; que es “altamente selectiva del comercio y el capital, la vigilancia y la información, la coacción y el armamento, la delincuencia y el terrorismo […]”.

Vivimos en un mundo en el que la sociedad ya no se sabe protegida por el Estado. Y gran parte de culpa la tiene la percepción (nada infundada) de que el poder y la política transitan por lados opuestos. Y, ciertamente, es así. En la mayoría de los ciudadanos subyace el pensamiento de que quienes manejan los hilos, quienes hacen y deshacen las leyes, quienes rigen los destinos de los propios ciudadanos, quienes realmente tienen el poder, no son aquellos que “dan la cara” todos los días ni aparecen constantemente en los medios de comunicación. No son políticos, no son jueces, no son policías. No ostentan cargos públicos, pero tampoco requieren de ellos. Son aquellos que configuran las reglas económicas, no ya de un país, sino del conjunto “global” de la población. Miembros (y dueños) de eso que llaman “mercado” y que rige el devenir de la sociedad y los Estados, a los que amenaza constantemente con ese familiar tan temido llamado ‘prima de riesgo’.

En este período de lo efímero, de los “tiempos líquidos”, en donde el capitalismo “ataca” con toda la fuerza de la que es capaz e impone un modelo de mercado global, dinámico, impaciente, de nuevas tecnologías, nuevas maneras de organizar el tiempo de trabajo, no queda otra que, como diría Darwin, adaptarse o morir. El capitalismo presenta un nuevo aspecto, con una dimensión temporal y empleos comercializables (pues no dependen de la empresa). Nada es para siempre. Frente al período de relativa estabilidad que supusieron los 30 años siguientes a la Segunda Guerra Mundial, la generación que la vivió sufre ahora el ímpetu de los que acaban de llegar, y que organizan su vida sin establecer planes a largo plazo. No hay compromiso, no hay sacrificio, sólo cabe moverse y no quedarse quieto. El hecho de que no haya nada a largo plazo, corroe la confianza, la lealtad y el compromiso mutuos, “vínculos que tardan en desarrollarse” y que “agrietan las instituciones”, las cuales, dirá Mark Granovetter (sociólogo estadounidense), están macadas por la fuerza de los vínculos débiles. En un mundo tan competitivo, el capitalismo de corto plazo amenaza con la corrosión del carácter y acabar con la lealtad, el compromiso, los objetivos, la resolución… que son cualidades a largo plazo. El capitalismo crea una comunidad de consumidores.

Y en esta nueva comunidad de consumidores juega un papel fundamental la “flexibilidad” del mercado laboral. ¿Qué es esto de la “flexibilidad”? El término hace referencia a la inseguridad (otra vez el concepto de seguridad) creciente y dolorosa, a la falta de certeza ante lo que se encuentra en el advenimiento. Para la demanda laboral, supone una libertad (ansiada libertad) de desplazamiento y juicio, mientras que por el lado de la oferta es vista como un riesgo de pérdida de empleo, un mercado volátil y un destino cruel e incierto. Es precisamente esta flexibilidad la que comporta que los individuos deban soportar las consecuencias de sus acciones. Un riesgo que asumen y que supone renunciar a la conformidad. Además, con ella se logra rapidez en el cambio de tácticas, el abandono de compromisos y lealtades y perseguir así las diferentes oportunidades que se presenten según lo requiera el momento. El trabajo “flexible” supone, además, olvidar los principios de la ética del trabajo en favor de: no trabajar todos los días, abstenerse de desarrollar actitudes vocacionales de trabajo, o abandonar las “fantasías” de los derechos y responsabilidades de la patronal. Nada de eso tiene cabida cuando se trata de abrazarse al tiempo de cambio. Un tiempo de cambio elegido. En resumen, el miedo, el cambio y la felicidad, son los tres conceptos que creo pueden servir para explicar la crítica de la modernidad. Y, uniendo eso tres, la ética del trabajo siempre presente. Una ética del trabajo que negaba la legitimidad a las costumbres o deseos, fijaba pautas para una correcta conducta, que establecía el trabajo como punto central sobre el que se planificaban y ordenaban las otras actividades de la vida. Para ello, el lugar de trabajo era el punto más importante para la integración social, en donde se conformaba el carácter social, siendo la fábrica una institución panóptica, de control. En definitiva, una ética del trabajo que desempeñó un papel decisivo en la creación de la sociedad moderna.

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