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A la hora de comenzar cualquier escrito, siempre resulta de vital importancia realizar un esquema. Pararse a pensar, reflexionar, leer, releer y volver a leer los textos, los apuntes y los resúmenes son pasos de obligado cumplimiento si lo que se pretende es dotar de cierto orden y sentido a aquello sobre lo que se está dispuesto a escribir. Y cuánto más si de lo que se trata es de realizar un ensayo, a lo que habría que añadir la complejidad que supone realizarlo sobre uno de los autores “modernos” (y ya eterno) más respetados, no ya de la sociología, sino de la historia del ser humano. En sus textos, Zygmunt Bauman analiza como una suerte de cirujano, con la precisión quirúrgica que se le exige al relojero de la Plaza del Sol durante las últimas horas del año, los tiempos de cambio que está sufriendo la sociedad actual. Bauman nos habla de la revolución social y cultural del siglo XX, el papel que han jugado las redes sociales y la comunicación en todo este proceso, o la condición de un mundo inestable y carente de valores duraderos. Hemos pasado, dirá el sociólogo, de lo sólido a lo líquido. En donde ni el Estado, ni la familia, ni el trabajo, ni el compromiso con la sociedad, ni los valores antes señalados son sólidos. Todo es temporal. Nadie como él para percatarse de los cambios de la sociedad “moderna”. Hijo del primer cuarto del siglo XX, tuvo que hacer frente a las guerras, las persecuciones, las purgas o el exilio. Con todo, su juicio nunca se nubló y supo realizar (en mi opinión), un perfecto retrato de la sociedad que dice ser de sí misma “la mejor preparada de la historia”.

A lo largo de varios de los textos de Bauman, he podido darme cuenta de que son varios los temas que se repiten, los problemas que señala o las quejas contra las que clama. No en vano, tanto ‘Tiempos líquidos’, como ‘Trabajo, consumismo y nuevos pobres’, ‘Globalización’ y ‘Enamorar y desenamorarse’ forman parte de un mismo argumento: hemos cambiado, y los tiempos, otrora sólidos, se han vuelto efímeros. Y, si a esto sumamos el texto de Richard Sennett, ‘Corrosión del Carácter’, tenemos ante nosotros una macedonia cuyas frutas habrá que ir separando, a fin de intentar ordenar lo expuesto y leído.

Pero, a la hora de lanzarme al análisis, me asaltó la duda que (supongo) les asalta a todos aquellos que se ponen a escribir cualquier relato: “¿y por dónde empiezo?” Sí, es cierto, podría empezar por el principio…si supiese cuál es. A lo mejor podría empezar por el final, en un alarde de originalidad que, sin duda ninguna, terminaría por llevarme a un callejón sin salida. Así pues, sólo nos queda empezar por lo más importante. Pero, de todo lo que se dice en los textos, ¿qué es lo más importante? Todo. Pero, como no hay tiempo suficiente para abarcar todos los temas ni creo ser capaz de analizar todo cuanto se refiere Bauman, considero que sería mucho más fructífero (sigamos con la macedonia) diseccionar y seleccionar los temas en cuestión.

Cambio, progreso, globalización, ética del trabajo, mercado, flexibilidad laboral, separación entre poder y política, seguridad, fortalezas, miedos, deseos, amenazas, separación, producción, consumismo, capitalismo, pobreza, felicidad, valores, compromiso, amor…son tantas las palabras que se repiten a lo largo de los cinco textos que cuesta decantarse por una sola. Así pues, vamos a quedarnos con tres palabras que (en opinión de quien escribe estas líneas) entroncan, estructuran, y articulan todo el discurso: miedo, cambio y felicidad.

“El miedo es la palabra clave en los últimos años. Existe una inseguridad hacia el miedo existencial, es una idea que está en todas partes. Nos priva de un puerto seguro. El mundo globalizado es multicéntrico, millones de acontecimientos y decisiones espontaneas puede cambiar nuestras vidas a una gran velocidad”.

“Practicar el arte de la vida, hacer de la propia vida una “obra de arte” equivale en nuestro mundo moderno líquido a permanecer en un estado de transformación permanente, a redefinirse perpetuamente transformándose (o al menos intentándolo) en alguien distinto del que se ha ido hasta ahora”.

“Uno de los efectos fundamentales de equiparar la felicidad con la compra de artículos que se espera que generen felicidad consiste en eliminar la posibilidad de que este tipo de búsqueda de la felicidad llegue algún día a su fin”.

Son tres frases de Bauman que ilustran a la perfección los tres conceptos sobre los que voy a incidir.

Tenemos miedo al cambio, al progreso, al futuro, al destino, incluso a la felicidad. Tenemos miedo, dirá Sennett (en boca de Rico), a perder el control de nuestras vidas por culpa del trabajo, a perder la disciplina ética (con lo que eso significa), a no ser profesionalmente ejemplares, a decir “no” a nuestros hijos y a no imponerles una ley. Tenemos miedo a que la manera que tenemos de vivir para sobrevivir en la moderna economía haya lanzado a la deriva nuestra vida interior y emocional. Le tenemos miedo al vecino, al que viene de fuera, al que pasa por la calle, al que es diferente. Le tenemos miedo a todo. Sí, es cierto, puede resultar un tanto apocalíptico, incluso exagerado, pero, una vez leídos los textos, creo estar en condiciones de posicionarme en la línea de aquellos que defienden que la sociedad de hoy en día es una sociedad temerosa. Y, muestra de ello, es el tema de la globalización.

Partiendo del hecho de que soy un firme defensor de la globalización (debo serlo, pues, de otra forma, no estaría en un país extranjero), hay que señalar que una de las grandes fortalezas de la globalización (recogida por Bauman en su texto) es la capacidad para ampliar libertades. Esto puede parecer que va en contraposición a lo que el propio autor defenderá, al afirmar que, para estar más seguros, los ciudadanos corren el riesgo de ser menos libres. Cosa que no ocurría antes, pues, en el pasado, la sociedad abierta era libre y orgullosa de su apertura, mientras que hoy nos encontramos con una población vulnerable, obsesionada con las fronteras y la seguridad. Pero, en un mundo global, frente a uno local, las fronteras no pueden darse, las fronteras están destinadas a desmantelarse en favor de la apertura de una sociedad que se sabe incompleta e impotente para decidir su futuro ante un destino no evitable, una globalización negativa; que es “altamente selectiva del comercio y el capital, la vigilancia y la información, la coacción y el armamento, la delincuencia y el terrorismo […]”.

La globalización supone oportunidades. Al menos, así lo creo firmemente. Creo que habría que desterrar la idea de la globalización negativa, que se presenta como una suerte de amenaza cultural, frente a (opino yo) la posibilidad de aprender del prójimo, de analizar su forma de proceder, de intentar explicar el porqué de sus acciones y contemplar la posibilidad de incorporar parte de su modo de vida al acervo propio, si es que esta resulta beneficiosa para la comunidad. Pero la sociedad ya no lo ve de este modo. Y digo “ya”, porque antes se observaba la realidad de otro modo. De donde yo vengo, Guinea Ecuatorial, había la costumbre de dejar las puertas de tu casa abiertas, de invitar al vecino y compartir experiencias, de plantear soluciones locales a problemas globales. Pero eso queda ya atrás. Pese a su notorio subdesarrollismo, el país centroafricano ha logrado desarrollar actitudes no innatas.

Vivimos en un mundo en el que la sociedad ya no se sabe protegida por el Estado. Y gran parte de culpa la tiene la percepción (nada infundada) de que el poder y la política transitan por lados opuestos. Y, ciertamente, es así. En la mayoría de los ciudadanos subyace el pensamiento de que quienes manejan los hilos, quienes hacen y deshacen las leyes, quienes rigen los destinos de los propios ciudadanos, quienes realmente tienen el poder, no son aquellos que “dan la cara” todos los días ni aparecen constantemente en los medios de comunicación. No son políticos, no son jueces, no son policías. No ostentan cargos públicos, pero tampoco requieren de ellos. Son aquellos que configuran las reglas económicas, no ya de un país, sino del conjunto “global” de la población. Miembros (y dueños) de eso que llaman “mercado” y que rige el devenir de la sociedad y los Estados, a los que amenaza constantemente con ese familiar tan temido llamado ‘prima de riesgo’.

Pero, realmente, ¿de qué se vale el mercado global para establecer, afianzar e intentar perpetuar su poder? De la ética del trabajo. Ésta, no es sino una forma de proceder, una norma de vida basada en (nos dirá Bauman) dos premisas y dos presunciones: “para ser feliz hay que hacer algo valioso para los demás, está mal conformarse con menos en lugar de buscar más, pues no es bueno descansar; la mayoría tiene una capacidad de trabajo que vender y la ofrece a cambio de lo que merece; sólo el trabajo, cuyo valor es reconocido por los demás tiene el valor moral consagrado por la ética del trabajo”. En resumidas cuentas, lo que viene a decirnos es que “trabajar es bueno; no hacerlo es malo”.

Y así, con ese sencillo, pero contundente eslogan, lograron convencer (someter, por mejor decir) a varias generaciones a lo largo del tiempo. La ética del trabajo inició una cruzada por imponer un control y subordinación, quería combatir contra quienes se limitaban “simplemente” a satisfacer sus necesidades, como si eso no fuese ya suficientemente complicado, en lugar de seguir trabajando en pos de una acumulación de riquezas. ¿Qué había (y hay) de malo en limitarse a trabajar para vivir en lugar de vivir para trabajar? La respuesta: que, siendo así, dejarías de contribuir a la maquinaria, una maquinaria compuesta por unos engranajes que no tenían capacidad de pensar y, si la tenían, los empresarios se habían asegurado de encorsetarla, cuando no eliminarla. No interesaba. Había que obligar a la gente a obedecer sin pensar, a cumplir con las tareas impuestas, aunque no tuviesen sentido para ellos, imponiéndoles una ética de disciplina, sin orgullo, ni honor, si sentido ni finalidad. La ética del trabajo fue un instrumento utilizado por filósofos, políticos… “para hacer frente a quienes se oponían al trabajo rutinario en cadena”. De este modo, se puso fin al romance entre el trabajo y el artesano (lo contrario de lo que en sus orígenes se pretendía), al que se le sometió a una acelerada conversión a la racionalidad del mercado. No había opción, era necesario claudicar y formar parte del engranaje, so pena de quedar excluido y convertirte en un ser aislado, alejado de la sociedad, aunque las nuevas generaciones buscarán acabar con este modelo de opresión de las libertades. En esta línea, Sennett nos presentará la historia de Eurico y Rico, un padre y un hijo, respectivamente, con formas de afrontar la vida que resultan opuestas. Por un lado, Eurico, miembro de una generación sumisa y resignada, con empleos rutinarios, sin cambios, quienes se encontraban trabajando para su familia, especialmente para los hijos, a quienes ansiaban una ascensión social y cuyo único recurso gratuitito era el tiempo, y que, para acumularlo, buscaban el refugio seguro, esa “jaula de hierro” llamada burocracia que, unida a su disciplina de trabajo, les confería, precisamente, seguridad. Frente a esta perspectiva, Rico encarna la imagen de la juventud, aquellos que vienen dispuestos a cambiar las cosas, a romper con lo establecido y el modo de proceder de sus padres.

Estos jóvenes sienten vergüenza por sus padres obreros, y están clamando por un cambio, pues tienen miedo a perder el control de sus vidas por culpa del trabajo. Quieren superar ese miedo tan americano al cambio. Querían ser profesionalmente ejemplares y ser, así, un ejemplo para sus hijos. Tenían miedo de que, por culpa de la ética del trabajo, perdieran su disciplina ética. El mundo estaba cambiando, el modo de comportarse de antes ya no servía y los jóvenes pedían cambio. En Estados Unidos, dejaron a un lado la ética del trabajo (entendiendo que era un invento europeo), pues no fue para nada la mecha que impulsó su industria, y vieron en el trabajo una vocación, un medio, no un valor. Un medio para ser rico, para ser independiente, para tener el control de sus vidas. En Estados Unidos, los grandes impulsores de la economía fueron el espíritu de empresa y la movilidad social ascendente.

En un mundo en el que imperaba el capitalismo, nadie quería quedarse fuera, ser un pobre. En este sentido, siempre me viene a la memoria la afirmación que defiende que en EEUU no hay pobres, hay ‘loosers’, entendiendo así que uno mismo se labra su propio destino.

Pero, ¿hasta qué punto es esto cierto? ¿Realmente uno puede forjarse a sí mismo? ¿Puede uno regir su propia historia? ¿Hasta qué ámbito de su vida?

En este período de lo efímero, de los “tiempos líquidos”, en donde el capitalismo “ataca” con toda la fuerza de la que es capaz e impone un modelo de mercado global, dinámico, impaciente, de nuevas tecnologías, nuevas maneras de organizar el tiempo de trabajo, no queda otra que, como diría Darwin, adaptarse o morir. El capitalismo presenta un nuevo aspecto, con una dimensión temporal y empleos comercializables (pues no dependen de la empresa). Nada es para siempre. Frente al período de relativa estabilidad que supusieron los 30 años siguientes a la Segunda Guerra Mundial, la generación que la vivió sufre ahora el ímpetu de los que acaban de llegar, y que organizan su vida sin establecer planes a largo plazo. No hay compromiso, no hay sacrificio, sólo cabe moverse y no quedarse quieto. El hecho de que no haya nada a largo plazo, corroe la confianza, la lealtad y el compromiso mutuos, “vínculos que tardan en desarrollarse” y que “agrietan las instituciones”, las cuales, dirá Mark Granovetter, están macadas por la fuerza de los vínculos débiles. En un mundo tan competitivo, el capitalismo de corto plazo amenaza con la corrosión del carácter y acabar con la lealtad, el compromiso, los objetivos, la resolución… que son cualidades a largo plazo. De hecho, Rico se definía a sí mismo como liberal, mientras que ahora se reconoce un conservador cultural.

Pero la cosa no se detiene aquí. El capitalismo y su lugarteniente, el mercado laboral, te exigen, como digo, a participar de la rueda. Da igual como lo hagas, cómo te lo plantees o qué dificultades encuentres, debes encontrar trabajo. Y no hacerlo te convierte en un pobre, en un ser que al que no le está permitido gozar de los privilegios de los que gozan los demás. No trabajar es “anormal”. Y nadie quiere ser anormal. En una sociedad de consumo, ser pobre es una amenaza para la supervivencia. “Ser pobre es una condición social y psicológica”, una condición que te excluye de la vida normal (la de los consumidores) y que te hace difícil alcanzar la felicidad, que es el fin último al que debemos aspirar, según defendían Sócrates y Aristóteles.

Según la concepción del capitalismo, esta felicidad de la que estamos hablando sólo se conseguiría abandonando la sociedad de productores (en la que vivían nuestros abuelos) y estableciéndonos en la sociedad de consumidores. Y en ella estamos. Una sociedad compuesta por seres que sólo ansían consumir, apropiarse de las cosas destinadas al consumo, y destruir, pues cuando consumimos, las cosas dejan de existir.

La sociedad de consumidores entiende que no se les debe dar descanso a aquellos que están contribuyendo a que aquella siga en pie; por ello, se les debe someter continuamente a tentaciones, a fin de que consuman más. Y, para que haya consumo, debe haber cosas que consumir, debe existir la producción. Esta, dirá Bauman, es una tarea colectiva, que supone división de tareas, cooperación entre agentes y coordinación de actividades. Esto choca frontalmente con la idea de los consumidores, cuya tarea es individual y es entendida como un derecho para disfrutar y no una obligación para cumplir. Del mismo modo, a la hora de satisfacer esta tarea individual, los consumidores se mueven guiados por intereses estéticos y no normas éticas, puesto que estos asignaban valor supremo al trabajo y aquellos suponían un elemento integrador en la nueva comunidad de consumidores.

Y en esta nueva comunidad de consumidores juega un papel fundamental la “flexibilidad” del mercado laboral. ¿Qué es esto de la “flexibilidad”? El término hace referencia a la inseguridad creciente y dolorosa, a la falta de certeza ante lo que se encuentra en el advenimiento. Para la demanda laboral, supone una libertad de desplazamiento y juicio, mientras que por el lado de la oferta es vista como un riesgo de pérdida de empleo, un mercado volátil y un destino cruel e incierto. Es precisamente esta flexibilidad la que comporta que los individuos deban soportar las consecuencias de sus acciones. Un riesgo que asumen y que supone renunciar a la conformidad. Además, con ella se logra rapidez en el cambio de tácticas, el abandono de compromisos y lealtades y perseguir así las diferentes oportunidades que se presenten según lo requiera el momento. El trabajo “flexible” supone, además, olvidar los principios de la ética del trabajo en favor de: no trabajar todos los días, abstenerse de desarrollar actitudes vocacionales de trabajo, o abandonar las “fantasías” de los derechos y responsabilidades de la patronal. Nada de eso tiene cabida cuando se trata de abrazarse al tiempo de cambio. Un tiempo de cambio elegido.

Un cambio en el que también deberá hacerse hueco a otros aspectos casi tan, igual o incluso más, quién sabe (servidor no opina así) importante como es el amor. Un amor que también es elegido. No así la muerte, pese a que en el texto de ‘Enamorarse y desenamorarse’ ambos vayan de la mano. Bauman nos dice que sólo se puede entrar en el amor y en la muerte una única vez y que, por tanto, no se puede aprender a hacerlo bien la próxima vez. Ninguno de los dos puede aprenderse, a pesar de que la acumulación de experiencias amorosas pueda hacer creer que uno puede aprender a enamorarse.

Ha habido cambio, la definición romántica del amor, esa que afirma que los amantes habrán de estar unidos “hasta que la muerte los separe” ya no sirve. Sí, es cierto, el amor está formado por dos seres que se completan, y por eso, puede parecer un capricho del destino, al cual hay que abrirse, dando libertad al ser, pero, dirá el sociólogo, “sin humildad y coraje no hay amor”. ¿Y por qué? Pues porque en la humildad uno reconoce su pequeñez, admitiendo que amar significa estar al servicio del otro, expropiar la propia responsabilidad. El amor es invertir en una relación que ofrezca pronta gratificación. Y coraje, coraje para ser capaz de asumir que el amor puede ser tan aterrador como la muerte, aunque cubierto de deseo y entusiasmo. Coraje, además, para asumir la sentencia de Bauman: “Mientras está vivo, el amor está siempre al borde de la derrota”.

En resumen, el miedo, el cambio y la felicidad, son los tres conceptos que creo pueden servir como nexo de unión de los textos de Bauman y Sennett. Y, uniendo eso tres, la ética del trabajo siempre presente. Una ética del trabajo que negaba la legitimidad a las costumbres o deseos, fijaba pautas para una correcta conducta, que establecía el trabajo como punto central sobre el que se planificaban y ordenaban las otras actividades de la vida. Para ello, el lugar de trabajo era el punto más importante para la integración social, en donde se conformaba el carácter social, siendo la fábrica una institución panóptica, de control. En definitiva, una ética del trabajo que desempeñó un papel decisivo en la creación de la sociedad moderna.

«Hemos olvidado el amor, la amistad, los sentimientos, el trabajo bien hecho. Lo que se consume, lo que se compra son solo sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos” Zygmunt Bauman.

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