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Sociedad del Riesgo

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Zygmaunt Bauman dijo durante una entrevista que “Cuanta más libertad tengamos menos seguridad, y cuanta más seguridad menos libertad. En la sociedad, la conquista de libertades nos lleva a una gran cantidad de riesgos e incertidumbres, y a desear la seguridad” (La Vanguardia, 2012). Y creo que este podría ser un buen punto de partida para iniciar el breve ensayo sobre tres de los textos que me tocó estudiar durante la carrera de Sociología. ‘Categorías Zombis’, ‘Sociedad del Riesgo’ y ‘Ensamblando el Aire’ ilustran a la perfección la afirmación del sociólogo polaco. En los dos primeros, obras de Ulrich Beck, aparecen términos como: modernización reflexiva, categorías zombis, globalización, individualización o sociedad del riesgo, siendo este último el punto de apoyo sobre el que, como Arquímedes, movería el mundo.

Ya en los prefacios de Scott Lashi y Bauman aparecen conceptos que apuntan directamente a Beck, cuando se menciona las dos tesis fundamentales sobre las que se fundamenta la Sociedad del riesgo: la tesis medioambiental y la tesis de la individualización, formando ambas la llamada ‘Tesis del Riesgo’.

Para explicar dicha teoría, se hace necesario aclarar términos inherentes a esta sociedad, y términos que, a priori, resultan un tanto complejos. Se habla primero de la noción del individuo de la segunda modernidad (o modernidad reflexiva), que se debe distinguir de la del individualismo ético y altruista de la Ilustración que se dio durante la primera modernidad. Además, mientras que en este último la sociedad funciona mediante una lógica de estructuras, con un sistema lineal, hallado en equilibrio y compuesto por individuos reflectivos, objetivos y que deben conformarse con lo disponible ya que no pueden elegir, en la segunda modernidad nos encontramos con una lógica de flujos, con un sistema no lineal, que cambia y se desestabiliza gracias al individuo; un individuo reflexivo, subjetivo, que puede elegir, pero que debe hacerlo rápido, sin apenas tiempo para reflexionar, toda vez que está obligado a vivir en un ambiente de riesgo en el que el conocimiento y los cambios vitales son precarios.

Pero, ¿qué es lo que caracteriza a esta segunda modernidad? ¿Cómo es este individuo? El hecho más notorio (y al que ya apuntaba Bauman) es que se ha producido una retirada de las instituciones clásicas, tales como el Estado, la Familia, la Clase o el grupo étnico. Los grandes referentes de normas y valores han perdido su capacidad de orientación, de guía. Ya no son creíbles y su validez ha sido cuestionada. Tal es el cuestionamiento en el que viven que han delegado funciones en organizaciones privadas y caritativas. Mientras que el Estado de Bienestar ha externalizado funciones, la familia ha visto de igual manera cómo la inculcación de sus valores también se ha visto traspasada a otros organismos. El riesgo, aquí, radica en que lo anormal ha sido institucionalizado.

Por su parte, el individuo ha dejado de ser un sujeto en reflexión, a ser un sujeto reflexivo. No entendía muy bien en dónde radicaba la diferencia, pero, de acuerdo a Beck, estamos hablando de un individuo que pasa de un conocimiento con certidumbre a uno de incertidumbre. Es decir, sabe más cosas, pero es un conocimiento muy pobre, un saber precario.

Y este ser reflexivo, este buscar normas, se apoya en dos tipos de instituciones. Por un lado, las constitutivas, que crean o definen nuevas formas de conducta (provocando exclusión) y, por otro, las reguladoras, que provocan explotación.

En esta segunda modernidad, dirá Beck, se ha producido un movimiento hacia el caos, un caos abierto a la innovación y que es regulado por los sistemas no lineales y el entrelazamiento de sistemas sociales y técnicos.

El de Beck resulta un gran análisis (acertado en mi opinión), aunque aquí el ‘conducator’ (con perdón) es Bauman, quien ya había apuntado a la irrupción de una nueva sociedad, la Sociedad Moderna, que forja (a diario) a los miembros como individuos y los individualiza; además, el hecho de que esta individualización sea diaria, hace que el significado de individualización cambie constantemente.

Para Bauman, la Individualización consiste en una doble función; por un lado, hace que la identidad humana deje de ser un dato y se convierta en tarea y, por otro, carga sobre los individuos la responsabilidad y consecuencias de sus actos. Todo esto, dirá el sociólogo, trae consigo la corrosión y lenta desintegración de la ciudadanía. “La individualización es un destino, no una elección”, y como tal, “no existe opción de escapar”. Si no existe opción de escapar de la individualización, ¿quiere esto decir que estamos abocados a ello y marchamos (tal vez) como zombis? En otro texto, apuntará: “Las cosas se conocen gracias a la desaparición o al cambio abrupto. De hecho, recién tomamos conciencia del papel impresionante que han jugado en nuestra historia moderna las categorías de ‘riesgo’, ‘cálculo de riesgo’ y ‘tomar el riesgo’ cuando el término ‘riesgo’ perdió mucha de su utilidad original (…) convirtiéndose en un ‘concepto zombi” (Ssociologos, 2015).

La individualización supone, del mismo modo, una característica estructural de una sociedad altamente diferenciada, y no pone en peligro su integración, sino que la hace posible. Igualmente, suscita la creatividad e implica que las instituciones (relacionadas con los derechos civiles, derechos político – sociales y empleo remunerado y formación) estén orientadas al individuo y no al grupo), pues “la individualización y fragmentación de las crecientes desigualdades constituye una experiencia colectiva”.

Y Bauman hará hincapié en señalar la principal contradicción de esta segunda modernidad, ya que, mientras que supone el derecho a la afirmación personal, supone también la capacidad para controlar los marcos sociales que vuelven realistas dicha afirmación. Y esta contradicción tocará resolverla de manera colectiva.

Me parece importante distinguir esta individualización de la individuación, siendo este último un concepto por el cual “el individuo se automantiene y se autropopulsa”. Aun así, a la hora de afrontar los problemas siempre será más efectivo hacerlo en compañía de los demás, cosa que enseñará siempre: tranquilidad, al estar todos luchando contra los problemas; a tratar con los hijos y librarse de parejas no placenteras; y a cómo sobrevivir en la sociedad de uno mismo, pues “la vida está llena de riesgos a afrontar solos”.

Al respecto de esto me parece muy interesante la reflexión de Tocqueville, que se pregunta por el sentido que tienen los intereses comunes si no es para permitir que cada individuo satisfaga los suyos propios. Visión egoísta (a la par que preocupante) del ser humano. ¿Está diciendo, acaso, que los individuos aceptamos la convivencia en sociedad sólo porque esperamos obtener beneficio de ella? ¿Será por eso que afirma que “el individuo es el peor enemigo del ciudadano”, luego “trabajar con los demás coarta la libertad de acción”?

Pero, la individualización, ¿es individualismo? ¿Es individuación? ¿Es emancipación? Rotundamente, no. Beck nos dirá que es un proceso que describe una transformación: estructural, sociológica y de las instituciones sociales. Y, mientras que libera de los roles tradicionales, hace que los individuos se alejen de las clases basadas en el estatus, las mujeres se han desvinculado de su “destino de estatus” y las viejas formas de rutina y disciplina laborales caen, también los vuelve más dependientes de los organismos públicos, como la Educación, el Consumo y el Estado de Bienestar.

Pero, si esto es así, si trabajar con los demás coarta la libertad de acción, si la vida está llena de riesgos a afrontar solos, ¿cómo puede afirmar del mismo modo que existe un interés del individuo por lo público? Dirá Beck que esto no es debido a una búsqueda de negociar el bien común, sino que el individuo espera que el poder público vele porque se cumplan los derechos humanos, permita que cada uno pueda vivir en paz y vele por la igualdad personal y patrimonial. En definitiva, el mero interés del individuo hacia lo público podría resumirse en: “que el Estado no se meta en mis asuntos privados, pero se ocupe de mantener las calles “limpias””.

Así pues, aquella primera modernidad basada en el Estado – nación está desapareciendo, si es que no lo ha hecho ya, junto con las identidades colectivas dadas (clases, familias, etnicidades). Esta primera modernidad ha sido desafiada por cuatro tipos de desarrollo: la individualización, la globalización, el desempleo o subempleo y la crisis ecológica. Ahora, en esta nueva modernidad nos enfrentamos a cambios de poca importancia en las relaciones personales, un nuevo orden global y una vida cotidiana diferente. Y esto mismo nos lo anunciaba Sennett en su ‘corrosión del carácter’, cuando nos presentaba a un Rico que se avergonzaba del pasado humilde de sus padres y quería romper con ello. La conciencia de estos hijos de las nuevas generaciones había cambiado, aunque las instituciones en las que vivían, no. Habían surgido las conocidas como “categorías zombis”: la familia, la clase social o el vecindario, instituciones que estaban “muertas” y “vivas” al mismo tiempo (de ahí lo de “zombis”).

Ha habido cambios, dirán los autores, en términos de democratización, tanto en lo político (notorio es el creciente interés por la política, en España, por ejemplo), como en lo social y en lo cultural; esto último relacionado con la individualización, a través de movimientos sociales, cambios en la vida familiar, o en la sexualidad y el amor. Es así que, al mismo tiempo que se produce esta liberación o desincrustación, se están creando nuevas formas de reintegración y control (reincrustación). El individuo reproduce lo social en su propio mundo, desarrolla su propia biografía y la organiza en relación con los demás y se aleja de los compromisos y relaciones de apoyo tradicionales, a cambio de sucumbir a las imposiciones del mercado laboral.

El Rico de Sennett encarnaba la viva imagen de la generación moderna. Una generación que se aleja de la ética del trabajo, según la cual uno debe estar sometido al trabajo. Aunque no estar sometido a esta ética no implica dar la espalda al capitalismo, todo lo contrario. Es el capitalismo el que impone el modo de proceder, el que marca el modelo de mercado global. Un mercado impaciente, en el que no hay compromiso, no hay confianza ni lealtad. Los valores tradicionales han caído, e incluso se les acusa a los jóvenes de no tenerlos. Al contrario que en el viejo sistema de valores, en donde el ego siempre tenía que subordinarse a las pautas de lo colectivo. Este mercado laboral te obliga igualmente a buscar trabajo ya que no trabajar se entiende como algo fuera de lo normal. No trabajar te convierte en un pobre, y ser pobre es una amenaza para la supervivencia, un riesgo en el camino hacia la felicidad.

Y es que, en la sociedad del riesgo, nos dirá Beck que los riesgos no aluden a daños acontecidos, no es equivalente a destrucción, aunque amenazan con ella. Pero, ¿qué es el riesgo? ¿Dónde comienza? Ulrich Beck define el riesgo como el “estado intermedio entre la destrucción y la seguridad”, y empieza donde termina la confianza, precisamente, en la seguridad. Es la percepción cultural y la definición lo que constituye el riesgo. Y cuando estos riesgos son considerados como reales, las instituciones comerciales, las políticas, las científicas y la vida cotidiana entran en crisis.

Cuando Beck dice que “los riesgos en los que se cree son el látigo empleado para mantener el momento presente corriendo al galope” o que “son juicios basados en hechos y juicios de valor”, entiendo que son los riesgos lo que nos obliga a seguir adelante con este modo de vida, a que el modelo socioeconómico en el que nos hallamos siga imperando, y de ahí la relación entre el discurso de la crisis medioambiental o la globalización.

¿Es real el riesgo, o depende de cada uno? Como he señalado más arriba, la percepción es un término clave en todo esto. Pues en sus primeros momentos, los riesgos y la percepción de los mismos son “consecuencias involuntarias” de la lógica de control que impera en la modernidad. ¿Y es posible controlarlo? El sociólogo nos dirá que no, no tan rotundamente, aunque así podría entenderse de su afirmación de que los riesgos sugieren lo que no debería hacerse, no lo que se debería hacer.

Así pues, tanto Bauman como Beck coincidirán en las cuestiones fundamentales (de ahí que sea tan difícil responder a una pregunta que te obliga a encontrar las diferencias entre ellos). La sociedad ha cambiado, nos hallamos en una segunda modernidad, una modernidad reflexiva, en la que el individuo adquiere conocimiento de incertidumbre, sabe más cosas, aunque sea un saber precario. Y es un individuo subjetivo, que puede elegir (aunque debe hacerlo rápido) y, cuestión preocupante, está obligado a vivir en un ambiente de riesgo.

Ulrich Beck terminará sentenciando: “Hoy la supervivencia de la humanidad entera se encuentra amenazada. Hay motivos suficientes para la desesperación, el miedo y la cólera. Se propaga la premisa de “vivir, luego sobrevivir”. Una de las enseñanzas que nos da Bauman es incluir en el examen de conciencia de la sociología moderna esos miedos, esa perfidia y ese horror que, como él lo formula, “hacen tictac” como “bombas de tiempo” bajo los cimientos de la vida moderna” (Sociologos, 2015).

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